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"Steampunk: Antología retrofuturista" Ed. Fábulas de Albión. Una recopilación de historias ambientadas en el mundo del Steampunk

El mundo del Steampunk, que empezó siendo solamente un estilo literario más, ambientado en la época victoriana, y que con el paso de los años, ha pasado a ser un movimiento con miles de seguidores en todo el mundo. Esta antología está coordinada por el conocido escritor Félix J. Palma, que también ha escrito el prólogo, autor de los best-sellers El mapa del tiempo y El mapa del cielo, cuyos derechos se han vendido a un montón de países.


Título: Steampunk: antología Retrofuturista
Autor: VVAA
Editorial: Fábulas de Albión 
Páginas: 325
Precio: 20, 90
Comprar AQUÍ
Las historias que componen esta antología son las siguientes: 

El arpa eólica, de Óscar Esquivias. 
Gringo Clint, de Fernado Marías. 
Prisa, de José María Marino
London Gardens, de Juan Jacinto Muñoz Rengel
Fahrenheit.com, de Andrés Neuman
Flux, de Fernando Royuela
Dynevor Road, de Luis Manuel Ruiz
Aria de la muñeca mecánica, de Care Santos
That way madness lies, de José Carlos Somoza
Animales y dioses, de Ignacio del Valle
Lapis infernalis, de Pilar Vera
In a glass, darkly, de Maria Womack.






 
Extracto del libro


Creo que no existe un periodo histórico en el que la ciencia resulte estéticamente más atractiva que la época victoriana, como se conoce a los 64 años que duró el reinado de la Reina Victoria, el más largo de Gran Bretaña. En esa época la ciencia experimentó un avance espectacular, sembrando el mundo de maravillas: se inventó el ferrocarril, por ejemplo, que aparte de abaratar los costes de transporte, transformó la vida cotidiana cambiando la percepción de las distancias; se inventó el gramófono, la máquina de escribir, el teléfono, el neumático de goma, los pantalones vaqueros y hasta un jarabe de hojas de coca y semillas de cola que con el correr de los años sería considerado la chispa de la vida. Científicos como Hertz generaron las primeras ondas de radio, Edison concibió la bombilla eléctrica, Morley demostró la inexistencia del éter, el primer tranvía recorrió las calles de Berlín, y esa marejada incesante de inventos contribuyó a cambiar la visión que el ciudadano tenía del mundo, un mundo que, por otro lado, los exploradores se ocupaban de perfilar cada vez con mayor nitidez gracias a sus heróicas expediciones. Como consecuencia, el hombre del siglo xix fue asaltado por una fe en la ciencia que le llevó a pensar que ésta era capaz de conseguir lo imposible, de hacer realidad cualquier cosa que pudiera imaginar, que incluso su imaginación palidecía ante los logros que los inventores lograban a diario. No es extraño, por tanto, que los científicos se convirtieran en los nuevos sacerdotes de la sociedad, algunos de los cuales, como por ejemplo Charles Darwin, con su teoría de la evolución, trastocaron las creencias más arraigadas del hombre a la par que asentaron las bases del mundo moderno. La ciencia se empeñaba en mostrar un mundo, en fin, medible y sólido, un mundo que podía tocarse. Y durante un tiempo lo consiguió, hasta que la teoría de la relatividad de Einstein dio al traste con ello, demostrando que aquello no era más que una ilusión. Pero esa es otra historia. La que nos ocupa sucedía unos años antes, auspiciada por la máquina de vapor, el invento que, al descollar por encima de cualquier otra innovación de la época, se convirtió en el símbolo de la nueva era, indiscutible emblema de aquellos tiempos de cambios y, en definitiva, el responsable de su peculiar estética. Aquel artilugio casi mágico, principal causante de la revolución industrial —redobló la producción de las fábricas, se impuso como fuerza motriz para la maquinaria agrícola y, a la larga, condenó al hombre a trabajar ensamblado a un engendro mecánico que resoplaba como una bestia mítica—, inauguró la época dorada del acero y el vapor, cuyo espíritu quedó encarnado en La torre Eiffel, el Titanic y otros frutos de aquel progreso milagroso, como los que atestaron durante la Gran Exposición Universal de 1851 el Crystal Palace, aquella enorme ballena de cristal construida fundamentalmente para que el Imperio Británico exhibiera ante el mundo su potencial industrial. Pero aquella interminable floración de inventos, que movió al director de la oficina de patentes de Nueva York a cancelarla, arguyendo que ya se había inventado todo lo que se podía inventar, no sólo afectó al tejido social aumentando la productividad de las fábricas e inventando de paso una nueva pobreza, surgida como una excrescencia de los talleres, una pobreza masificada y peligrosa que enseguida glorificaron escritores como Dickens. Aquella ciencia pujante también influyó en las disciplinas artísticas, como por ejemplo en la literatura, inaugurando un nuevo género que con el correr de los años se conocería como ciencia ficción. El pistoletazo de salida lo dieron los «viajes extraordinarios» del francés Julio Verne y las primeras obras del británico H. G. Wells, a los que no tardaron en salirle los inevitables epígonos, ansiosos pergeñadores de novelas de escasa calidad literaria que narraban aventuras más o menos descabelladas en las que jugaban un papel estelar los descubrimientos científicos y los artilugios descacharrantes. La exaltación a la ciencia, como puede verse, lo impregnaba todo. Pero habíamos comenzado hablando de la estética. ¿Qué aspecto tenían aquellas máquinas e inventos? Gracias a las fotografías antiguas, o a las recreaciones del cine, todos hemos podido ver esas majestuosas máquinas de aspecto complicado, rebosantes de engranajes, bielas, remaches de acero y tuberías cromadas con medidores de presión, siempre movidas por el omnipresente y poderoso motor a vapor, que en aquella época se creía que conquistaría el mundo. Hoy, rodeados de automóviles, aviones, ordenadores, módems, satélites y cohetes espaciales, sabemos que la máquina de vapor pereció en la selección natural, sin tener tiempo de dibujar el futuro a su imagen y semejanza. Pero, ¿y si no hubiese sido así? ¿Y si hoy viviésemos en un mundo donde los robots, las máquinas voladoras y las armas funcionaran a vapor? ¿Y si viviésemos en ese abigarrado futuro que retrataron los ilustradores de la época victoriana? Nadie puede negar que aquel futuro resultaba tan entrañable como visualmente hermoso. No en vano ha generado toda una corriente artística, el steampunk, a la que este libro pretende rendir homenaje. Se trata de un subgénero larvado dentro de la ciencia ficción que salió a la luz en los años ochenta, consistente en historias que muestran un futuro alternativo presidido por esa extinta ciencia a vapor. Dicha estética se puede encontrar en libros como Las puertas de Anubis, de Tim Powers, o Homónculo, de James P. Blaylock, y en películas como Wild Wild West, El castillo ambulante, Steamboy, La Liga de los caballeros extraordinarios, o en la serie británica Dr. Who.
 También muchos videojuegos se han apoderado de su estética, como Timeshift o Thief. Todos esos títulos demuestran que la ficción ha encontrado un filón estético en esas máquinas adorables, cuyo mecanismo se nos antoja incomprensible, pero cuyo funcionamiento resulta más agradable de observar que el de nuestro ronroneante ordenador. Pero el steampunk no solo anida en el ámbito de la ficción. El steampunk también ha logrado calar en la realidad. En los últimos años, la fiebre del steampunk se ha extendido por el mundo. En España existen numerosos grupos, comunidades, clubs y foros sobre dicha estética, también llamada retrofuturismo, cuyos miembros establecen sus propias normas de vestuario para no ser confundidos con los adeptos al dieselpunk o al medievalpaunk, realizan quedadas, juegos de rol o espectáculos de danza, y los más manitas incluso rebozan en esa estética nuestros inventos e ingenios actuales, como los ordenadres, robots o vehículos. Por último, muchos de ellos también disponen de un rincón literario en el que dan cobijo a historias que se desarrollan en esa fascinante realidad en la que los combustibles fósiles han sido sustituidos por el carbón y sus gentes rinden culto al progreso mientras siguen encorsetados en un arcaico puritanismo e incluso sueñan con un mundo lejos del que rige la razón, como demostraba el auge del espiritismo o la proliferación de sectas esotéricas. Conscientes tanto del atractivo como de la cada vez mayor resonancia del steampunk, hemos invitado a una docena de nuestros narradores más interesantes a participar en este experimento escribiendo una historia que suceda en ese entrañable escenario, que por otro lado también les facilita la huida del marco social y político de nuestra realidad, avivando ese espíritu cosmopolita y atemporal perceptible en las obras de muchos de ellos. El resultado es la galería de relatos que tienen en sus manos, las «peligrosas visiones» que un puñado de narradores patrios tienen de ese futuro que el cine y la literatura han popularizado tanto que podría decirse que ya es patrimonio universal. Con una prosa exquisita, Óscar Esquivias nos ofrece en El arpa eólica un hilarante relato protagonizado por un joven Héctor Berlióz, convertido para la ocasión en una especie de doctor Frankestein musical que cruza instrumentos como quien cruza perros. A pólvora y épica huele Gringo Clint, el relato de Fernando Marías, quien trenza un spaghetti western plagado de guiños cinematográficos en cuyas entrañas late la semilla de una leyenda real. Prisa es una sugerente fábula sobre los ideales y el vértigo de los tiempos modernos en la que José María Merino da una divertida vuelta de tuerca al concepto de steampunk presentándonos un futuro alternativo condicionado por los sistemas a pedales. El relato London Gardens, de Juan Jacinto Muñoz Rengel, con reminescencias de H. G. Wells, está protagonizada por el profesor Barnany y su rival y vecino, el profesor Schmidt, que compiten en una emocionante investigación con la exploración del cosmos como telón de fondo. En su microrelato Fahrenheit.com, Andrés Neuman nos muestra un futuro que hunde sus raíces en nuestro deshumanizado presente, desvelándonos qué es lo único que merece renacer una y otra vez en el ancestral ciclo de la vida y la muerte al que está sujeto el universo. Fernando Royuela, por su parte, nos narra en el disparatado Flux la peripecia de un pícaro jugador de una suerte de póquer ucrónico, que debev cbf enfrentarse al campeón, un automata apodado Cachirulo, en el vientre de una enorme máquina voladora propulsada por bagullo de la moscatel. Luis Manuel Ruiz nos toma de la mano para regalarnos un siniestro paseo por los suburbios de la locura y los primeros balbuceos de la cirujía cerebral en su relato Dynevor Road, una historia de amor y celos con un desenlace sobrecogedor. En Aria de una muñeca mecánica, Care Santos especula sobre el negocio de los autómatas entroncándolo con nuestro presente, lo cual le sirve para pintar un retrato entre amargo y divertido de una sociedad preñada de deseos nunca pronunciados. ¿De dónde surge todo cuánto imaginamos? ¿Cobra existencia en el momento en el que lo creamos o lo robamos de algún pliegue de la realidad que no podemos ver más que con el ojo inhumano de una cámara?, se pregunta José Carlos Somoza en That way madness lies, un relato impregnado de magia. En Animales y Dioses, Ignacio del Valle nos envuelve hasta inquietarnos con el gélido e hipnótico monólogo de una consciencia monstruosa integrada en nuestro mundo, jalonado de errores entre los que a veces relampaguea, apenas perceptible, un destello de salvación. Ecos de Neil Gaiman recorren la bella historia que nos propone Pilar Vera en Lapis Infernalis, donde se nos relata el delirante encuentro entre un fotógrafo de cadáveres y la viuda a la que debe retratar, presidido por la absurda lógica de los sueños. Finalmente en In a glass, darkly, Marian Womack nos narra con un acertado toque absurdo una guerra vista desde lejos, al tiempo que recrea un Cádiz victoriano poblado de globos a motor, hombres alados y criados autómatas, donde tiene lugar una hermosa y desoladora pasión. Cualquiera de estos relatos podría haber sido publicado en el siglo xix, no en vano muestran un futuro igual de entrañable que el que esbozaron los autores que siguieron la senda abierta por Julio Verne y H. G. Wells. Cada uno de ellos constitiye la visión de un futuro que ahora sabemos que nunca se hizo realidad, pero que no puede dejar de resultarnos fascinante. Pasen y sueñen.
Prólogo Félix J. Palma

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